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APENDICE II: Glauco y el pasto mágico

“De repente aparece, abriéndose paso entre las aguas, un nuevo habitante del profundo ponto, Glauco, y la vista de la doncella le enciende un deseo que le sujeta allí, y pronuncia toda clase de frases que estima que pueden demorar su huida; huye ella con todo, y con la celeridad que le da el miedo, llega a la cima de un monte situado junto a la orilla. Ante el abismo, hay un enorme saliente, terminado en una única punta y formando con sus árboles una bóveda prolongada sobre las aguas. Se detiene aquí Escila, y segura de su posición, ignorando si Glauco es un monstruo o un dios, se maravilla de su color, de su cabellera que le cubre los hombros y la parte inmediata de la espalda, así como de que el extremo de sus ingles viene a fundirse en un sinuoso pez. Se dio él cuenta, y, apoyándose sobre un peñasco que se erguía en las inmediaciones, dijo: "No soy un portento ni una bestia salvaje, muchacha, sino un dios del agua, y no tiene Proteo mayores derechos que yo sobre el mar, ni Tritón, ni Palemón el hijo de Atamante. Sin embargo antes era yo un mortal, aunque, visiblemente destinado a las ondas profundas, ya entonces tenía en ellas mis actividades. Pues unas veces tiraba de las redes que tiraban de los peces, y otras, sentado en una roca, blandía la cuerda con la caña. Hay, contigua a un verde prado, una playa que de un lado está ceñida por las olas y de otro por hierbas que ni habían desflorado con su mordisco astadas terneras ni habíais ramoneado, apacibles ovejas y ásperas cabritas; no había hecho allí la hacendosa abeja botín de sus flores, no hubo coronas de fiesta que trenzadas con ellas se pusiesen en cabeza alguna, ni manos portadoras de hoces que lo cortaran jamás. Yo fui el primero que tomé asiento en aquel césped, poniendo a secar mis empapados aparejos; y para contarlos, coloqué además sobre el prado, y clasificándolos, los peces prisioneros a quienes había empujado contra los ganchudos anzuelos ya el azar, ya su propia falta de cautela. Lo que ocurrió parece una invención, pero ¿de qué me serviría inventar? Al contacto con la hierba empezaron mis presas a moverse, a cambiar el sentido de su inclinación y a hacer palanca sobre la tierra como si fuese el mar; y mientras me quedo a la vez inmóvil y atónito, huye el tropel entero a sus ondas, abandonando a su nuevo dueño y la playa. Estupefacto, permanezco largo tiempo sin saber qué pensar y deseando saber la causa, si había sido algún dios o si el jugo de una hierba el autor del prodigio. Pero ¿qué hierba tiene estos efectos? Y con la mano arranqué aquel pasto y, arrancado, lo mordí con mis dientes.

Apenas había mi garganta terminado de deglutir aquel jugo misterioso, cuando noté que mis entrañas se agitaban dentro de mí, y que mi corazón estaba siendo atraído por el ansia de otra naturaleza. Y no pude permanecer mucho tiempo allí; diciendo: ~Adiós, tierra a la que nunca volveré", sumergí mi cuerpo bajo las aguas. Los dioses del mar me reciben honrándome con la dignidad de colega, ruegan al Océano y a Tetis que me quiten todo lo que llevase de mortal; ellos me purifican, y, una vez pronunciada nueve veces sobre mí una letanía eliminadora de todo baldón, se me ordena que ponga mi pecho bajo cien ríos. Sin otra dilación, procedentes de diversas regiones fluyen ríos y caen sus aguas sobre mi cabeza. Hasta aquí puedo recordar y referirte lo que ocurrió, hasta aquí ha quedado en mi memoria, pues mi alma no percibió lo que ocurrió después. Y cuando volvió a mí, me encontré con que era yo, en todo mi cuerpo, otro del que antes había sido, y tampoco era el mismo en alma. Entonces vi por primera vez esta barba, verde como de herrumbre, y mis melenas que voy barriendo por los mares inmensos, mis hombros enormes y brazos azules, y las piernas, curvadas en su extremidad formando un pez con aletas. Mas, ¿de qué me sirve esta figura, de qué el haber sido grato a los dioses marinos, de qué el ser un dios, si a ti nada de esto te importa?. Mientras así decía, y aún se proponía seguir hablando, abandonó Escila al dios; se enfurece éste e, irritado por el desaire, se dirige a la morada hechiceril de la Titánide Circe.”

OVIDIO, Met., XIII, 900 ss. (TRAD. A. Ruiz de Elvira).

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