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Lobos y licantrópos: leyendas, mitos y rituales

Uno de los aspectos más sugestivos de la magia y la hechicería de cualquier época es aquel de la posesión, que no es sino una forma extrema pero típica de sortilegio sobre las personas. Al mismo tiempo, la posesión implica un estado de trance, como en las extáticas ménades de Dionisos, en el que se produce una pérdida de la identidad personal, que es sustituida por el espíritu o divinidad que se ha apoderado de uno. Así, toda posesión implica un cambio de estado y es por ello que la metamorfosis se convierte en una de las formas de posesión más característica y primitiva. Cuando esta facultad de transformarse experimenta una especialización, se divulga entonces la creencia en la existencia de un ser que participa, de modo alternativo, de dos caracteres de los que no se conoce bien cual es el básico, como diría Caro Baroja (Las brujas y su mundo, Madrid, 1973: 58).

Licántropos.
La licantropía es una de las formas de posesión y metamorfosis comúnmente producida por medio de procedimientos mágicos. Este tipo de transformación, que implica la adquisición por el sujeto de los rasgos más característicos de la naturaleza del lobo, se encontraba muy difundida entre las creencias populares que caracterizaron la brujería europea medieval y parece que no fue desconocida en la Antigüedad. Posteriormente ha pasado a fomar parte del folklore y ha sido tratada en obras literarias y cinematográficas.

En el Satiricón (62) pone Petronio en boca de Nicero, uno de los personajes que acude al banquete de Trimalción, una historia relativa a un licántropo que, a juzgar por el impacto que causa en su auditorio, debía responder a una creencia difundida en la época:

“Emprendimos la marcha al primer canto del gallo, a la claridad de la luna, que refulgía esplendorosa, y después de haber andado buena parte del camino nos encontramos entre las tumbas. El soldado se puso a conjurar a los astros y yo me senté y comencé a tararear una canción mirando al cielo. Al poco rato dirigí la vista hacia mi compañero y le vi quitarse el vestido y dejarlo al borde de un sepulcro. Me quedé inmóvil como un cadáver y mi espanto subió de punto cuando repare en que se orinaba en torno de la ropa y se convertía en lobo... Transformado en lobo empezó a dar aullidos y se metió corriendo en un bosque.” (TRAD. P. Rodríguez Santidrián).

Una mente como la de Plinio, que con frecuencia se muestra profundamente escéptica acerca de la magia y sus resultados, recoge con espíritu crítico (Nat. Hist., VIII, 80 ss) la existencia de una arraigada creencia en la posibilidad de que un hombre pueda llegar a convertirse en lobo:

“Que los hombres se pueden transformar en lobos y tomar a continuación su forma es una creencia que no debemos vacilar en considerar como falsa, a menos que admitamos todas las fábulas de las que en el curso de los siglos se ha demostrado su falsedad. ¿Pero de donde procede el que esta leyenda se haya acrecentado en el espíritu de la gente hasta el punto que se emplea la palabra uersipelles como termino injurioso?. Es eso lo que vamos a indicar ahora.
Según Evanthes, escritor griego no sin autoridad, los arcadios cuentan en su leyenda que un miembro de la familia de un cierto Anthus es sacado a sorteo entre los suyos y conducido a la orilla de un lago de la región; que una vez allí, después de haber colgado sus vestidos en una encina, atraviesa el lago a nado y gana la orilla desierta, se transforma en lobo, y vive en grupo con sus congéneres durante nueve años. Si durante todo este tiempo se mantiene al resguardo de los hombres,vuelve al lago y después de haberlo atravesado recupera la forma humana, pero ha envejecido los nueve años. Fabio añade aún que él encuentra sus mismos vestidos. Es asombroso hasta que punto puede llegar la credulidad griega. No hay engaño, por descarado que sea, que no encuentre su padrino. Así Escopas, biógrafo de los ganadores olímpicos, cuenta que en el sacrificio que los arcadios hacían todavía en este tiempo a Júpiter Liceo, Demeneto de Parrhasia, habiendo comido las entrañas de un niño inmolado, se transformó en lobo; que diez años después, habiendo recobrado su forma humana, reemprendió su entrenamiento atlético y gana en Olimpia el premio pugilato. Por lo demás, se cree entre la gente del pueblo que un pequeño mechón situado en la cola del lobo sirve como talismán amoroso.”

Cuenta por su parte Herodoto, con similar incredulidad, (IV, 105) que los escitas y los griegos que habitaban las tierras de aquellos participaban en la creencia de que el vecino pueblo de los neuros se transformaban en lobos al menos una vez al año y por unos pocos días:

“Los neuros, sin embargo, tienen costumbres escitas... Estos individuos, al parecer, son hechiceros, pues según los escitas y los griegos que están establecidos en Escitia, una vez al año todo neuro se convierte en lobo durante unos pocos días y luego vuelve a recobrar su forma primitiva. Estas afirmaciones a mí, sin embargo, no me convencen, a pesar de que insisten en ellas e incluso las refrendan con juramentos.” (TRAD. C. Schrader).

Virgilio alude a la facultad de un tal Meris, reputado hechicero, de convertirse en un lobo tantas veces como quisiera, en un texto que ya hemos visto páginas atrás, y nombra en otra ocasión el poeta (Eneid., VII, 18) a las víctimas de Circe, convertidas, entre otros animales, en lobos:

“Navegan rozando las cercanas costas de la tierra de Circe, donde la rica hija del Sol hace resonar con su continuo canto los bosques inaccesibles y en su suntuosa mansión quema para iluminar sus noches perfumado cedro, recorriendo con fina lanzadera una sutil trama. Salían de allí rugidos de cólera de leones que rechazaban las cadenas bramando en lo avanzado de la noche, osos y jabalíes de duras cerdas se enfurecían en los establos, y dejaban oir sus aullidos lobos de gran tamaño; la cruel diosa con hierbas de virtudes mágicas los había transformado de seres humanos en rostros y cuerpos de fieras.” (TRAD. R. Fontán Barreiro).

Ovidio (Met., VII, 269-271) recoge también una alusión a la licantropía en relación con ciertos hechizos protagonizados por Medea:

“Allí cuece Medea las raíces que ha cortado en el valle tesalio, y semillas y flores y jugos poderosos; añade piedras traídas del Extremo Oriente, y las arenas que lavan las mareas del océano, agrega también escarcha recogida a la luz de la luna llena, y las alas malditas de un vampiro, así como sus carnes, y las entrañas de un supuesto lobo que acostumbraba a cambiar en hombre su figura de fiera.” (TRAD. A. Ruiz de Elvira).

Existió, efectivamente, en la Antigüedad un síndrome que se caracterizaba por el convencimiento de aquellos que lo padecían de haber quedado transformados en lobos, comportándose como si fueran tales. Conservamos el testimonio de médicos antiguos (Galeno, XIX, p. 719; Acio, VI, 11; Pablo Egineta, II, 16) que describen tal síndrome y el característico furor que lo acompañaba. Y aunque la licantropía ha sido clasificada en ocasiones como una dolencia psíquica y estudiada a la luz de las teorías de Jung, lo que realmente resulta curioso en la sintomatología de tal afección, es la analogía detectada con los síntomas propios de la intoxicación producida por la ingestión de alcaloides, como la atropina, procedentes de las solanáceas (Harner, 1976: 156). A tal respecto, los licántropos medievales, eran en realidad, y según todos los indicios, un tipo de hechiceros que con la ayuda de un ungüento rico en alcaloides como la atropina o la hiosciamina, y de una piel o ceñidor de animal, se autoinducían un estado de trance alucinatorio en el que creían convertirse en fieras.

Licaón y Zeus Lykeios.
Igualmente se encontraba extendida la idea de que aquellos que consumieran restos humanos en el curso de los sacrificios a Zeus Lykeios, que tenían lugar en su santuario de la Arcadia, quedaban convertidos en lobos. Así lo menciona Plinio, como acabamos de ver, pero también el filósofo Platón (Rep., VIII, 16) se había hecho eco de tal creencia:

-"Es evidente que de esta estirpe de protectores del pueblo es de la que nace el tirano, y no de ninguna otra.
- La cosa es clara.
- Pero el protector del pueblo ¿por donde comienza a hacerse tirano? ¿No será evidentemente cuando empieza a hacer una cosa parecida a la que se dice que pasa en Arcadia en el templo de Júpiter Liceo ?
- ¿Que dicen que pasa allí?
- Se dice que el que ha comido entrañas humanas, mezcladas con las de otras víctimas, se convierte en lobo. ¿No has oído decirlo?
- Si.” (TRAD. P. Azcárate).

También Pausanias (VIII, 2, 3.7) la recoge:

“Creo que la época de Cécrope, rey de Atenas, es la misma que la de Licaón, pero su sabiduría en cosas divinas fue muy distinta. Uno fue el primero que llamó a Zeus supremo y decidió que no se le debía sacrificar nada vivo, sino que consagró sobre el altar las tortas del país que los atenienses aún llamaban pélanos; el otro, Licaón, ofreció sobre el altar de Zeus Liceo un niño y lo sacrificó y derramó sobre el altar la sangre, y se convirtió según cuentan en lobo en seguida del sacrificio...En todos los siglos, muchas cosas sucedidas antiguamente y que aún suceden, son hechas increíbles para el vulgo, que añade a la verdad muchas cosas mentirosas. Así dicen que desde Licaón, siempre se convierte en lobo el hombre que hace el sacrificio a Zeus Liceo, aunque esta conversión no es para toda la vida, pues, si una vez lobo, no prueba la carne humana, vuelve a los diez años a convertirse en hombre, mientras que si la prueba permanece para siempre animal.” (TRAD. A. Tovar).

Y lo mismo hace Varrón, citado en este caso por San Agustín (De Civ. Dei, VIII, 17):

“Para confirmar estos relatos, recuerda Varrón otros no menos increíbles sobre la famosísima maga Circe, que transformó a los compañeros de Ulises en bestias. Habla también de los arcadios, que, según les toca en suerte, pasaban a nado al otro lado de cierto estanque y se convertían allí en lobos, viviendo después como semejantes fieras por los desiertos de aquella región. Si no se alimentaban con carne humana, después de nueve años volvían a atravesar nadando el estanque y recobraban su forma de hombres. Cita también por fin nominalmente a cierto Demeneto, quien habiendo gustado del sacrificio que los arcadios con la inmolación de un niño solían hacer a su dios Liceo, fue convertido en lobo y que, restituido a su propia forma, se ejercitó en el pugilato y triunfó en los juegos Olímpicos. Piensa el mismo historiador que no fue otro el motivo de dar en la Arcadia tal nombre a Pan Liceo y Jove Liceo, sino por esa transformación de los hombres en lobo, que creían que no tenía lugar sino por el poder divino. Lobos, en efecto, se dice en griego Lykos de donde aparece derivado el nombre de Liceo.”

Tan extendida creencia guardaba estrecha relación con el mito de Licaón, rey legendario, hijo de Pelasgo y abuelo de Arcade, héroe epónimo de los habitantes de Arcadia. Según una versión del mismo, que nos ha sido transmitida por Ovidio (Met., I, 218 ss), Licaón fue convertido en lobo por Zeus como castigo a su impiedad al haber tratado de engañarle ofreciéndole un sacrificio humano encubierto para poner a prueba su divinidad:

“Aterrorizado huyó, y alcanzando la soledad del campo emite alaridos y en vano trata de hablar. La rabia de su alma se acumula en su boca y ejerce sobre el ganado su habitual avidez de matanza; aún ahora sigue gozando en la sangre. Su ropa se transforma en pelo, en patas sus brazos; se convierte en lobo y conserva trazas de su antigua figura. Sigue teniendo el mismo pelaje canoso, el mismo aspecto de ferocidad; le brillan igual los ojos y sigue siendo la imagen del salvajismo.” (TRAD. A. Ruiz de Elvira).

Tal vez todas estas e ideas, creencias descansen sobre la pervivencia de antiquísimas supersticiones relativas al culto de una divinidad-lobo. La Arcadia, región de Grecia culturalmente atrasada y de difícil acceso por la propia configuración topográfica del país, al permanecer mucho tiempo al margen de una rápida e intensa circulación de hombres, ha podido actuar a la manera de “reserva” en la que tales supersticiones y creencias se mantuvieron durante mucho tiempo. Y tal vez signifique que tras tales pervivencias se esconda la existencia de viejas prácticas propias de una comunidad pastoril como aquella, en las que la magia desempeñaba un papel fundamental para ahuyentar al más temido depredador de los rebaños, el lobo.

En efecto, la divinidad-lobo Licaón, que habitaba en la cima del Monte Liqueo, en donde posteriormente se habría de ubicar el santuario arcadio a Zeus Lykeios, no es más que la personificación de la montaña habitada por los lobos. La instalación de Zeus en la cima del Liqueo, de donde tomará su epíteto, es, por tanto, posterior a Licaón, personificación sobrenatural en un substrato preindoeuropeo de los lobos que habitan el monte. Zeus, tomó, por consiguiente, el lugar hasta entonces ocupado por Licaón, que quedó reducido, como otras tantas veces con las divinidades prehelénicas que no fueron asimiladas al panteón olímpico, al rango de héroe.

Lupercos y Lupercalias.
Un contenido similar encierran las Lupercalias latinas, cuyo carácter rústico de ceremonias pastoriles de había conservado mejor en Italia que en Grecia. Ya en la misma Antigüedad las analogías con los ritos arcadios habían sido observadas, como prueba el testimonio de Virgilio (Eneid., VIII, 338-344):

“Apenas dicho esto, y avanzando el ara le muestra, y la puerta que los romanos llaman Carmental, antiguo honor a la ninfa Carmenta, vidente del provenir que anunció la primera que grandes serían los Enéadas y noble Palanteo. Luego le enseña un gran bosque que el fiero Rómulo convirtió en asilo y el Lupercal bajo una roca helada, llamado de Pan Liceo según la costumbre parrasia.” (TRAD. R. Fontán Barreiro).

El mismo Varrón, como nos recuerda San Agustín (De Civ. Dei, VIII, 17) vuelve a insistir en ello:

“...Así como dice que los romanos Lupercos han nacido de la semilla de aquellos misterios”.

Por su parte, Dionisio de Halicarnaso (I,32, 3) recoge un tradición según la cual, una expedición arcadia habría colonizado estos territorios italianos 70 años antes de la Guerra de Troya, a la que atribuye la introducción de las Lupercales:

“Pues bien, los arcadios, unidos en su asentamiento al pie de la colina, organizaron la nueva ciudad siguiendo las costumbres de su patria, y erigieron templos; primero a Pan Liceo por prescripción de Temis (pues Pan es el dios más antiguo y venerado entre los arcadios), después de encontrar un lugar adecuado. A este lugar, los romanos lo llaman Lupercal, pero nosotros le diríamos Lycaíon. Ahora, como la zona que rodea el recinto sagrado ha quedado unida con la ciudad, resulta difícil de conjeturar la antigua naturaleza del lugar. Antiguamente, según se dice, había una gran cueva bajo la colina, cubierta por un espeso encinar, fuentecitas surgían de la profundidad de la roca, y la cañada próxima al barranco era sombría por los espesos y altos árboles. Allí erigieron un altar al dios y le ofrecieron su tradicional sacrificio, que hasta nuestros días los romanos continúan celebrándolo en el mes de febrero después del solsticio de invierno, sin cambiar nada de lo que se hacía entonces”. (TRAD. E. Jiménez y E. Sánchez).

A cerca de que consistían estos ritos el mismo autor (I, 80) proporciona una somera descripción:

“Sin embargo Elio Taberón, hombre experto y preocupado por la recopilación de los datos históricos, escribe que los hombres de Numitor, al enterarse de que los jóvenes iban a celebrar en honor de Pan las Lupercales, la fiesta arcadia que instituyó Evandro, les hicieron una emboscada en aquella ocasión de la ceremonia cuando los jóvenes que vivían cerca del Palatino, tras haber sacrificado en el templo Lupercal, debían rodear la aldea corriendo desnudos con las pieles de las víctimas recientes rodeándoles sus vergüenzas. Esto significaba una purificación tradicional de los aldeanos como incluso también ahora se hace”. (TRAD. E. Jiménez y E. Sánchez).

Así, el equivalente del Monte Liqueo es el Lupercal, la gruta santuario de Fauno, genio benefactor y fecundo, protector de los ganados que se opone a la voracidad de Caco, como en la Arcadia Pan Lykeios se opone a Licaón. Estas fiestas celebradas en Roma el 15 de febrero, mes de los espíritus, tenían originariamente el sentido de ceremonias mágicas destinadas a proteger los rebaños contra la amenaza de los lobos (Nilsson, 1956: 133 ss). En algún momento temprano se produjo una fusión del rito de las Lupercalias con la leyenda de Rómulo, y finalmente la ceremonia se transformó, con el paso del tiempo, en un rito de fertilidad que atañía a toda la comunidad romana.

A este respecto, resultará interesante señalar que en su análisis e interpretación de las Lupercalias A. K. Michels (1953: 49) ha mostrado como los Lupercos ejecutaban su carrera ritual en torno al área del Foro y no del Palatino, como generalmente se había supuesto. Pero el Foro era el lugar primitivo de enterramiento y así las Lupercalias aparecen también vinculadas al mundo de los muertos y de los espíritus. Los ritos de los Lupercos eran esencialmente mágicos, más que religiosos, si es que una distinción de tal índole tiene sentido para la época y la sociedad que nos ocupa. Su origen habría que buscarlo entre los viejos hechiceros que combatían por medio de la magia la amenaza que los lobos constituían para una comunidad pastoril como aquella, y que en la vida cotidiana se materializaban en el peligro que estos depredadores representaban para los rebaños.

Al igual que los espíritus protectores de los antepasados y otros espíritus auxiliares y benéficos, de los que el chaman adquiere buena parte de su poder, son representados por determinados animales como el caballo, el reno, el venado o diversas aves, la materialización de los espíritus adversos o maléficos suele producirse en grandes reptiles o peligrosos depredadores. Los Lupercos parecen, por tanto, haber sido originariamente hombres-lobo que cubiertos con la piel de este animal adquirían por medio de la magia sus mismas cualidades. De este modo, podían combatir más eficazmente en el plano sobrenatural al demonio responsable de la amenaza que pesaba sobre ellos, ya que el lobo era la encarnación de los espíritus y fuerzas maléficas que se cernían acechantes sobre el bienestar de la comunidad.

Por otro lado, la imagen de la gruta Lupercal a la sombra de un árbol o un bosque sagrado, la Higuera Ruminal, y la fuente que de ella brotaba, evoca con mucha fuerza la entrada al Mundo Subterráneo, junto al Árbol Cósmico y el Agua de la Vida, temas éstos comunes en el repertorio simbólico de la cosmología chamámica. No es preciso insistir en que hay una imagen universal de la cueva como lugar de muerte y de renacimiento.

4 comentarios:

Bien por dijo...

Bien por el Blog . Mi enhorabuena.
No es un libro pero ofrece muchas posibilidades, entre otras , la participación de amigos e interesados en un tema apasionante
Prometo intervenir todo lo que pueda
Muchas gracias , Carlos
Pilar Fernández Uriel

Carlos G. Wagner dijo...

Gracias Pilar, aunque con cierto retraso (No acababa de hacerme con el control de lo de los comentarios)

Anónimo dijo...

Me ha interesado mucho este post, y me gustaría hacer una pregunta. ¿Existe alguna relación etimológica entre el nombre de esta tribu, los neuros, y la raíz griega neuro, nervio?
Resulta curioso que una, desde cierto punto de vista, enfermedad psiquiátrica como la licantropía comparta esta coincidencia de raíces entre una tribu que la experimentaba y aquello que tiene que ver con el sistema nervioso.

Por ello me gustaría dilucidar si es mera coincidencia o por el contrario comparte relación.

Muchas gracias y felicitaciones por su trabajo.

Ramón D.

Carlos G. Wagner dijo...

Pues no sabría decirle, la verdad, ya que no soy un experto en filología griega, pero su pregunta resulta muy pertinente.
Muchas gracias por sus felicitaciones.


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