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Los Misterios y la inefable visión

Las religiones mistéricas aportaron en la Antigüedad a sus iniciados las esperanza de una vida venturosa tras la muerte. Esta perspectiva escatológica, compartida por los devotos de Demeter y Perséfone, de Isis, de Mithra o de Cibeles, fue el factor que, en gran medida, les garantizó el éxito.

Cultos de salvación.
El estudio antropológico de la religión ha permitido sistematizar en gran medida su función así como los elementos que la integran, más allá del análisis comparativo y de los esquemas de evolución por los que se interesan los historiadores de las religiones. Gracias a ello se puede afirmar, con una dosis de certidumbre aceptable, que los rituales de salvación, cuyo objetivo consiste en renovar la identidad del sujeto, incluyen prácticas tan variadas como la posesión o el misticismo (Wallace, 1966: 138 ss). Los Misterios Eleusinos constituyen, por ejemplo, un buen paradigma de ritual de salvación en el que se mezclaban una antigua tradición ctónica, para la que se ha propuesto un origen minoico o indoeuropeo, con la tradición olímpica posterior, por lo que se considera que constituyen un testimonio del desarrollo de la religión de los tiempos pre-helénicos a los helénicos (Otto, 1955: 136 ss). Muy probablemente la práctica histórica habría evolucionado desde unos ritos, tal vez de carácter iniciático, anteriores a la aparición de la ciudad de Atenas y el santuario de Eleusis, hasta alcanzar la forma en que fueron conocidos por varias generaciones de iniciados durante la época clásica y aún después.

Eleusis.
Podemos encontrar en Eleusis todo un simbolismo relacionado con plantas narcóticas y enteógenas (Wasson, Hofmann y Ruck, 1980). Como divinidad agrícola o espíritu del grano, Demeter aparece frecuentemente asociada a la adormidera. Es por ello que las adormideras constituyen un motivo muy frecuente en la decoración eleusina, simbolizando, junto con la granada -de la que los antiguos griegos creían que se trataba de una evolución comestible de la adormidera- tanto el rapto marital como la fértil resurrección a partir de la muerte. De esta forma, la adormidera se convierte también en un atributo de los sacerdotes de Eleusis, como se comprueba por doquier en la iconografía. También Core aparece asociada a flores y plantas narcóticas, como el mismo narkissos; y asimismo Pluto, fruto de los amores de Demeter y Iasión, llamado a favorecer a aquellos que habían recibido la iniciación en Eleusis, aparece también en ocasiones asociado a la adormidera. Otras veces, Demeter aparece también asociada a las serpientes, como en este relieve de terracota, conservado en el Museo Nazionale delle Terme en Roma.


Todo ello, creemos que representa, en realidad, la pervivencia de una antigua tradición que muy probablemente arranca de la utilización ritual de la adormidera y el opio en los cultos relacionados con divinidades agrícolas y de la fertilidad en el Mediterráneo Oriental durante el período prehelénico. En su relación con Demeter-Perséfone esta vieja tendencia de carácter también ctónico tuvo uno de sus escenarios adecuados en la celebración de los llamados misterios menores en Agrai. En ellos se recordaba el rapto -es decir, la muerte- de Perséfone; no es preciso insistir sobre la asociación de este hecho con el narcótico narkissos, pero cabe recordar que la adormidera “quema los campos”, por lo que representa la muerte del cereal y del grano. Tampoco hay que olvidar, como ya advertimos, que Dionisos -que en ocasiones aparece asociado a la adormidera- es el “Zeus de Nisa”, el lugar en que ocurrió el rapto de Perséfone, por lo cual estaba también presente en Agrai y que las connotaciones de esta divinidad son fundamentalmente extáticas. Tal vez, todo ello tenga que ver con el vocablo utilizado para denominar a esta primera iniciación -mises- que significa “cerrar”; “cerrado sobre sí mismo como una flor”, el iniciado reexperimentaba, mediante un acto interno, la pasividad de Perséfone, la prístina llegada de la muerte.

La “inefable” visión.
Nadie pone actualmente en duda que lo que ocurría en el Telesterion de Eleusis no consistía, como alguna vez se había imaginado, en una representación dramática. Tal cosa no tiene soporte alguno en la documentación arqueológica ni en la literaria. Era una “visión” que proporcionaba un conocimiento absolutamente nuevo, asombroso, y que no podía ser aprendido por vía de la razón ni de la experiencia; algo que diferenciaba al iniciado (epotes: el que había visto) de aquellos que no lo eran, y que, por tanto, permanecían con los ojos cerrados (mystai). Tal y como manifiesta Aristóteles, fr. 15 (Rose):

El mystes no tiene que aprender nada, sino sólo percibir impresiones o emociones, evidentemente después de haberse hecho apto para recibirlas.”

Visión e iniciación estaban, pues, ineludiblemente unidas, como nos recuerda Eurípides (Hipolito, 25 ):

Pues cuando fue él una vez desde la casa de Piteo a la tierra de Pandión a contemplar e iniciarse en los sagrados misterios...

Más, ¿que era, en cualquier caso, lo que se veía?. Un velo de secreto se cernía sobre el asunto, ya que estaba prohibido hablar del contenido de los misterios, como nos recuerda Pausanias (I, 14, 4):

"Quería yo seguir hablando de esto y explicar lo que hay en el santuario llamado Eleusinion de Atenas, pero me lo prohibió en sueños una visión.” (TRAD. A. Tovar).

En cualquier caso, todos los testimonios coinciden en que tal inefable visión proporcionaba una certidumbre de inmortalidad. Así Sófocles (fr. 753 (Nauck), Menon, 81b):

Tres veces son felices los mortales que, habiendo contemplado estos ritos, parten para el Hades, pues sólo a ellos les es dado poseer allí una vida verdadera.

Píndaro (fr 121 Bowra):

Dichoso el que, habiendo contemplado estos ritos, desciende a la tierra hueca, porque él conoce el término de la vida y conoce también su comienzo divino.”

o Cicerón (Las leyes, 2, 14):

“...Pues entre las muchas instituciones excelentes y divinas que tu Atenas imaginó e introdujo en la vida humana, a mí me parece que ninguna es mejor que estos misterios; pues arrancándonos de la vida salvaje y bárbara, nos pulieron y nos suavizaron con vistas a una existencia digna del hombre. En las llamadas iniciaciones hemos encontrado, en efecto, los verdaderos principios de la vida y recibido normas no sólo para vivir en la alegría, sino también para morir con mayor esperanza.” (TRAD. R. Labrousse).

Esta revelación espiritual se producía de forma homogénea en todos los aspirantes a la iniciación y debía ser provocada, por tanto, por algún medio que actuase de igual forma sobre todos ellos. Aunque estaba prohibido a los iniciados descubrir la esencia de los misterios, algunos testimonios de la misma Antigüedad pueden resultar reveladores del tipo de experiencia que se vivía e Eleusis. Platón, en su Fedro (250c) alude a ella:

De la justicia, pues y de la sensatez y de cuanto hay de valioso para las almas no queda resplandor alguno en las imitaciones de aquí abajo, y sólo con esfuerzo y a través de órganos poco claros les es dado a unos pocos, apoyándose en las imágenes, intuir el género de lo representado. Pero ver el fulgor de la belleza se pudo entonces, cuando con el coro de bienaventurados teníamos a la vista la divina y dichosa visión, al seguir nosotros el cortejo de Zeus, y otros el de otros dioses, como iniciados que eramos en esos misterios, que es justo llamar los más llenos de dicha, y que celebramos en toda nuestra plenitud y sin padecer ninguno de los males que, en tiempo venidero, nos aguardaban. Planas y puras y serenas las visiones en las que hemos sido iniciados...” (TRAD. E. Lledó)

Una experiencia que, en ocasiones, como hace Plutarco ( Fr. 168, Sandbach) se asimila a un trance de muerte:

En este mundo no tiene conocimiento, excepto cuando está en el trance de la muerte; puesto que cuando este momento llega, sufre una experiencia como la de las personas que están sometiéndose a la iniciación en los grandes misterios; además los verbos morir (teleutân) y ser iniciado (teleîsthai) y las acciones que significan, tienen una similitud. Al principio, sin rumbo corre de un lado para otro de un modo agotador, en la oscuridad, con la sospecha de no llegar a ninguna parte: y antes de alcanzar la meta soporta todo el terror posible, el escalofrío, el miedo, sudor y estupor. Pero después una luz maravillosa lo alcanza y le dan la bienvenida lugares de pureza y praderas en los que le rodean sonidos y danzas y la solemnidad de músicas sagradas y visiones santas. Y después, el que ha completado lo anterior, a partir de ese momento convertido en un ser libre y liberado, coronado de guirnaldas, celebra los misterios acompañado de los hombres puros y santos y contempla a los no iniciados, la masa impura de seres vivientes que se revuelcan en el fango y sufren aplastándose entre ellos en la oscuridad, aterrados por la muerte, incrédulos ante la posibilidad de la bienaventuranza en el más allá.

Es bien sabido que una experiencia trascendente de este tipo puede ser inducida por una preparación adecuada que incluya una lucha anímica intensa y determinados ejercicios de autoaislamiento, concentración y diversas técnicas de ascesis. No entraré en detalles acerca de la mecánica fisiológica del ascetismo místico, pero hoy se sabe, sobre todo a partir de experimentos y estudios en neuropsiquiatría, que el efecto de todas estas prácticas sobre la química del cerebro es similar, en líneas generales, a las alteraciones producidas por drogas alucinógenas, o por estados de psicosis esquizofrénica, aspectos estos también muy interrelacionados. Más, como advierte J. P. Vernant (1983: 321), las iniciaciones mistéricas, y en particular aquellas de Eleusis, no parecen haber comprendido ejercicios espirituales, técnicas de ascesis capaces de transformar el "hombre interior", si se exceptúa el ayuno que, según él, debe interpretarse más como una purificación previa que como otra cosa.

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