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Muerte, escatología y enteógenos

Próximo Oriente.
En general, en la Antigüedad, las perspectivas escatológicas eran escasas, por no decir inexistentes, para el común de las personas. Aunque se creía en una existencia de ultratumba, ésta no era especialmente atrayente. Los mesopotámicos, por ejemplo, concebían una existencia después de la muerte que transcurría en un mundo inferior, al que se llegaba después de haber atravesado un río y siete puertas, guardadas por siete demonios, en las que iban siendo despojados de todos sus vestidos y adornos. Era un lugar oscuro, lleno de polvo y agua salobre en donde permanecían reducidos al estado de sombras. Una vívida descripción es la que se halla en el comienzo del Descenso de Inanna al Mundo Inferior:

"A la Tierra sin Regreso, el reino de Ereshkigal, Ishtar, hija de Sin dirigió su espíritu. Si, la hija de Sin dirigió su espíritu a la casa sombría, morada de Irkalla, a la casa de la que no sale quién entra, al camino que carece de retorno, a la casa en que los que entran están sin luz, donde polvo es su vianda y arcilla su cómoda, donde no ven luz, residiendo en tinieblas, donde están vestidos como aves, con alas por vestido, y donde sobre la puerta y cerrojo se esparce el polvo" (ANET, 106).

Un destino que estaba reservado incluso para reyes y gobernantes, como se observa en el Poema de Gilgamesh. Este lugar era el reino de Nergal, señor de los muertos, y de su consorte Ereshkigal, reina del Mundo Inferior y Señora de las Tinieblas, quien tenía a su cargo a Namtar, el mensajero, heraldo de la muerte que llevaba en su séquito sesenta enfermedades que podía lanzar contra la humanidad. De él no se podía salir jamás, salvo intervención divina y tras haber sido rociado, como la propia Innana/Ishtar de manos de Enki con "el alimento de la vida" y el "brebaje de la vida", en donde algún estudioso del mito ha querido ver "el agua de la vida" y "el agua de la muerte", confundidas por la impericia de un escribia ajeno a la simbología de la tradición oral que estaba recopilando.

Entre los hititas, los reyes, que eran divinizados después de la muerte, podían escapar al destino que aguardaba al común de los mortales, concebido como una morada en el mundo inferior poblado por los espíritus de los muertos. También los semitas occidentales se imaginaban el dominio de los muertos como un lugar subterráneo donde llevaban una existencia fantasmal.

Los iranios, por su parte, creían en la existencia de un cielo y de un infierno, a los que se llegaba, respectivamente, a través de tres niveles que se ascienden o descienden y que corresponden a los pensamientos, las palabras y las obras, después de cruzar un puente vigilado por perros. Los niveles ascendentes se identificaban así mismo con las estrellas, la luna y el sol. Las almas buenas, a las que acompaña una hermosa doncella, tras cruzarlo ascienden hacia un viaje celeste, mientras que las perversas, guiadas por una horrible bruja, lo encuentran sumamente estrecho y caen hacia el infierno. En realidad es el doble del alma el que acompaña a cada una, según hayan sido sus obras. De acuerdo con estas creencias el alma tenia que someterse, además, a un juicio presidido por Mithra, idea del todo novedosa en el Próximo Oriente Antiguo, si exceptuamos a los hebreos, aunque conocida de otras culturas, como la egipcia.

De acuerdo con la ética mazdeista, propia de la religión irania inspirada en el zoroatrismo, el destino del hombre dependía de la elección que hace en cada momento, ya que aunque su lado material está gobernado por el hado, no ocurre lo mismo con su lado espiritual, lo que contrasta con las ideas mesopotámicas sobre el destino del hombre. Aún así, el libre albedrío se encontraba limitado por la lucha ritual y permanente contra la impureza, proveniente de mil causas, por la presencia de los demonios amenazadores y por las limitaciones de la sabiduría humana, que no siempre es capaz de luchar contra el hado, por lo que al final sobreviene un cierto fatalismo.

Fatalismo que también se aprecia entre los mesopotámicos, para quien el hombre parece haber constituido un juguete de los dioses y cuyas reflexiones sobre los fundamentos de la moral resultan en ocasiones desesperanzadoras. La ausencia de una escatología, de cualquier perspectiva de salvación más allá de la muerte, acentúa aún más si cabe este fatalismo mesopotámico que, al menos en la literatura, encuentra en ocasiones un cierto contrapeso en el cinismo y el humor.

Grecia.
El Hades griego, al cual llegaban las almas de los difuntos trasladadas por el barquero Caronte, no era un lugar más agradable. Así lo reconoció Ulises cuando lo visitó, instruido por Circe, la hechicera, para obtener el consejo y los augurios de Tiresias, el adivino. Allí los difuntos llevaban una existencia incorpórea como bien descubrió el héroe al tratar de abrazar a su fallecida madre:

"Dijo así, mientras yo por mi parte, cediendo a mi impulso, quise al alma llegar de mi madre difunta. Tres veces a su encunetro avancé, pues mi amor me llevaba a abrazarla, y las tres, a manera de ensueño o de sombra, escapóse de mis brazos" (Odisea, XI, 205 ss. TRAD. J.M. Pabón)

Almas, que, por otra parte, han perdido todo el vigor de la vida, tal y como el propio Aquiles le dice:

"¿Como osaste bajar hasta el Hades, mansión de los muertos, donde en sombra están los humanos privados de fuerza? ((Odisea, XI, 475. TRAD. J.M. Pabón)

Por cierto que ante la entrada del Hades se extendía un amplio prado de asfodelos, una planta con propiedades tóxicas, como ya vimos en otro lugar, y el propio Ulises teme al final la aparición de la Gorgona (Od., XI, 635) de la que sospechamos su primitiva naturaleza botánica y visionaria.

Pero, al menos, no a todos estaba destinada tal suerte. Algunos, pocos en un principio, entre los nacidos mortales, podían escapar al destino reservado a todos tras la muerte. Unos eran una clase especial de héroes, que habían trascendido totalmente su naturaleza humana para adquirir rasgos semidivinos. Para ellos estaban reservados los paraísos que había soñado la imaginación griega: Los Campos Eliseos o Las Islas de los Bienaventurados, situados, como el paraíso sumerio al que Gilgamesh se dirige en busca de la inmortalidad, en los más remotos confines del mundo. Otros, aquellos que habían sido iniciados en los Misterios, una minoría aristocrática, en un principio, para ampliarse posteriormente con el triunfo de la democracia y el liderazgo de Atenas, a grupos sociales cada vez más amplios, hasta provocar la irritación y el desdén de un noble reaccionario, como era Alcibíades, que por eso mismo, se permitió parodiar los ritos de Eleusis en su casa ante sus invitados, lo que le valió ser imputado por sacrílego.

Las iniciaciones en los cultos mistéricos.
De ahí el éxito de los Misterios de Eleusis. La visión y la certidumbre producida por la ingestión del enteogénico kykeón valía tanto para un emperador como Marco Aurelio, como para el más humilde de los siervos. Algún tiempo después, las religiones mistéricas de procedencia oriental comenzaron también a distribuir su mensaje. Los Misterios de Isis y Osiris, de Mithra, de Cibeles, se expandieron por el mundo que había conquistado Alejandro y más allá, en el tiempo y el espacio, llevados por comerciantes, marineros y soldados, para alcanzar una fama extraordinaria, que sin embargo nunca llegó a eclipsar los ritos del santuario eleusino. Todos ellos comparten una misma cosa, el trance, la visión, la iluminación, aunque los procedimientos varíen, y al final, una promesa de salvación, de escapar a la triste suerte de las almas recluidas por toda la Eternidad en el lúgubre Hades.

Que el kykeón eleusino albergaba un enteógeno ha sido ya discutido. Una sospecha similar se extiende sobre las visiones obtenidas en las iniciaciones isiácas. Por otra parte, los misterios de la diosa frigia Cibeles, incluían ritos frenéticos y la divinidad y sus sacerdotes aparecen de nuevo asociados a la adormidera, lo que se explica por el sincretismo de la Magna Mater, como también se la conocía en Roma, con otras divinidades agrícolas similares. Ella misma, Diosa Madre por excelencia, tenía claros rasgos ctónicos, lo que la vinculaba con la muerte y la resurrección, además de provocar el éxtasis, tanto para propiciar la profecía, como para aliviar los dolores y aún la muerte. Según una de las tradiciones conservadas, su hijo/consorte Atis había perecido al enmascularse debajo de un pino y murió desangrado para resucitar posteriormente.

El entusiasmo extático que se producía en la celebración de sus misterios era comparado ya en la Antigüedad con el entusiasmo báquico de los cultos a Dionisos, en virtud de un procedimiento común: la música (cf: Plutarco, Amat., 758 E). Esta ocupaba un papel preponderante como inductor al éxtasis en los misterios de Cibeles, pero podía no haber sido el único factor que indujera el trance y las visiones; sabemos que los iniciados bebían del cymbalo y que en éste se vertía alguna especie de licor (cf. M. Oraillot, Le culte de Cybéle, Paris, 1912, pp. 181 ss.). El carácter orgíastico de los ritos, tan alejado de la placidez de la experiencia eleusina, hace sospechar la existencia en el brebaje de algún principio psicoactivo despersonalizador capaz de provocar una experiencia de posesión divina.

Los misterios de Mithra también proporcionaban una esperanza de vida más allá de la muerte, si bien, identificado con Helios, el sol, tenían un transfondo más cósmico que ctónico. Los ritos, absolutamente secretos, se celebraban en el Mitreum, construido a semejanza de una caverna que representaba la cueva en la que se decía que el dios había nacido. Se trataba de un lugar oscuro y sin aberturas al exterior donde los iniciados de mayor rango participaban en comidas rituales, que representaban la última comida que compratieron Mithra y Helios en la tierra, en las que, según una hipótesis, se consumía pan consagrado mezclado con jugo de Haoma. Estos misterios alcanzaron una gran difusión por el mundo romano y gozaron de la predilección de los soldados de las legiones del Imperio.

Sin embargo, de todos los ritos mistérico conocidos en la Antigüedad es el que menos testimonios escritos ha dejado sobre su historia y sus celebraciones. Una excepción puede ser, la conocida "Liturgia de Mithra", un texto de magia en un papiro griego en el que se hace alusión a zumos de plantas y se narran experiencias visionarias en un estado de éxtasis. Pero no es seguro que se le pueda vincular, sin más, con los ritos de los misterios mithraicos. Aún así, llama la atención uno de los temas presentes en la iconografía mithraica.: la serpiente que lame la sangre del toro abatido por lo divinidad. ¿Una alusión al simbolismo de la regeneración representado por el ofidio?. ¿Una referencia elíptica a las virtudes de este nutriente?.

No deja de ser significativo, si aceptamos la hipótesis de que la tauroctonía mithraíca puede encontrar su explicación en el final del Libro de la Creación, según la mitología irania, -Bundahishn- en que se relata el fin del Combate permanente entre Ahura Mazda y Angra Mainyu, a través de la intervención del Elegido: la regeneración total del género humano se producirá tras la derrota definitiva del Espíritu Maligno y será por medio de un último sacrifico animal. El del Toro Hadhayans, inmolándolo ritualmente, para con su grasa preparar el Haoma blanco, que será el verdadero elixir de la vida eterna para los fieles. Ahora bien, según la tradición, el Haoma blanco, solo podía obtenerse en la montaña helada, que representa la morada primordial, y fue sustituido posteriormente, a raíz de las migraciones iranias, por el Haoma amarillo. Según lo cual, esta parte del ritual mithraico puede no ser más que una fómula simbólica para evocar el primigenio Haoma.



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