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Los Misterios de Isis

Con el tiempo, los misterios de Eleusis, sin perder su importancia, encontrarían la competencia de otros cultos mistéricos, de entre los cuales los isíacos habrían de adquirir una especial relevancia. Fue un Eumólpida precisamente, uno de los sacerdotes hereditarios encargados de la celebración de los Misterios de Eleusis, al que Ptolomeo Soter puso al frente, a comienzos del siglo III a. C, de los misterios de la diosa egipcia, de tal forma que pudieran resultar aceptables para la heterogénea población de su reino. Pero Egipto, habitado ahora también por griegos y gentes de diversa procedencia, tenía una larga tradición en misterios. Abydos era la ciudad donde se celebraban los misterios de Osiris, en los que los vivos recibían una iniciación religiosa similar a la resurrección de los muertos en el Más Allá por medio de una muerte simbólica, y en la que el sueño letárgico sobre una piel de vaca, que formaba parte de los ritos secretos, desempañaba originariamente, como vimos, un importante papel.

Hacía mucho tiempo, por lo demás, que en Egipto Isis había asimilado los rasgos específicos de Hathor —ambas se representan, por ejemplo, coronadas con los cuernos liriformes que encierran un disco solar—, diosa del amor y de la fertilidad en cuyas ceremonias se practicaban rituales extáticos mediante bebidas embriagantes. Identificada también con la Astarté-Afrodita oriental, en Grecia algunos rasgos del culto de Isis fueron introducidos en Eleusis de la mano de Demeter; a la inversa, allí donde la diosa egipcia había sido adorada desde siempre los griegos la consideraban la Sagrada Madre de Eleusis y llegaron incluso a igualar a las dos diosas. Se produce, por tanto, en el culto de la Isis greco-romana la convergencia de dos antiguas tradiciones vinculadas con ritos de carácter extático asociados a la ingestión o consumo de psicoactivos vegetales: la propia de esta divinidad nilótica, estrechamente relacionada con tradiciones y ritos semejantes del Mediterráneo Oriental y aquella otra que caracterizaba la “inefable visión” en la Sagrada Noche de Eleusis.

Isis era, además de la creadora de los misterios, la Gran Maga, tal y como revelan los Textos de las Pirámides (Witt, 1971: 47 ss), lo que ayuda a comprender mejor su sincretismo final con las griegas Hécate y Selene; diosas lunares estas al igual que aquella, patronas también de la magia y la hechicería. Como era de esperar, las serpientes aparecen también en las ornamentaciones isíacas, de lo que quedan pruebas en la iconografía de frescos, relieves, páteras y monedas, y asociadas a Isis/Luna, por ejemplo en Apuleyo (Met., XI, 4, 3), no faltando tampoco en documentos de época helenística. Entre las manos de los devotos de Isis la iconografía revela la presencia de flores de adormidera y una gavilla de espigas de trigo que simbolizan, respectivamente, la muerte y la resurrección, ya que la diosa había resucitado a Osiris sirviéndose precisamente de sus conocimientos de magia. Una vez más, uno de los atributos de Isis y de sus sacerdotes es la adormidera y cuenta también Apuleyo (Met., XI, 11, 3) que una de las formas de representar a Isis, la de los Mil Nombres, venerable imagen de la divinidad suprema, era un jarro dorado decorado con serpientes, siendo este objeto:

“....símbolo inefable para esa religión, envuelta en la mayor y más misterioso secreto.” (TRAD. A. Tovar).

Tampoco estará de más recordar que Isis era también en Egipto la diosa de las curaciones medicinales y que en manos de sus sacerdotes descansaban las habilidades y conocimientos precisos (Diodoro, I, 25), muchos de ellos de carácter herbario (Wagner, 1996). En efecto, los médicos egipcios reunían las características de magos y sacerdotes con acceso a los jardines de plantas medicinales que eran cultivadas en los dominios divinos, donde el suelo sagrado en el que crecían garantizaba su eficacia. Su ciencia estaba, por tanto, íntimamente ligada a la farmacopea divina. Allí, como en otras partes, el conocimiento, la distribución y prescripción de los farmaka permanecía, como ciencia arcana, en manos de los sacerdotes que, en el caso de los enteógenos, podían prohibir o desaconsejar su uso o administrarlo en secreto.

La contemplación de la divinidad.
Con todo, es preciso diferenciar la exaltación extática inducida por bebidas y pócimas embriagantes y otros procedimientos de refuerzo, como la música o la danza, tal y como sucedía en Bubastis, de las revelaciones místicas como la que describe Apuleyo (Met., XI, 23):

Llegué a las fronteras de la muerte, pisé el umbral de Proserpina y a mi regreso crucé todos los elementos; en plena noche, vi el Sol que brillaba en todo su esplendor; me acerqué a los dioses del infierno y del cielo; los contemplé cara a cara y los adoré de cerca.Esas son mis noticias: aunque las has oído, estás condenado a no entenderlas.” (TRAD. L. Rubio Fernández).

De acuerdo con Mª José Hidalgo: "Estas frases y términos por la oscuridad e impenetrabilidad de su significado, serían una fórmula sacral para indicar la prueba más importante realizada por el mystes. Simboliza un viaje místico a través de la zona astral, después de ir a los infiernos. Sería un paso desde el espacio real a uno imaginario, y del tiempo histórico al tiempo mítico propio de los dioses. Según Dibelius ("Die Isisweihen im Isisbuch des Apuleius und verwandte Initiations-Riten", Sitzungsberichte der Heildelberger Ak. d. Wiss., 1917, 4, pp. 8-10) sería un viaje entre etapas empezando por el infierno, pasando después por la tierra para concluir en el cielo. En cada región contemplaría a los dioses soberanos de la misma o un simulacro de ellos. Un viaje a través del universo que permitiría al mystes participar en el poder cósmico de la diosa. Sería la representación y visión de la noche cósmica, según Alvar (Los misterios, p. 172). Sería una representación simbólica de la muerte y una vuelta al cielo, después de un recorrido por las siete esferas planetarias de Porfirio, donde el mystes adoraría a sus dioses Isis y Osiris: dii inferii et superii. Por la iniciación el mystes renacía a una vida sobrehumana, se transmutaba en un nuevo ser y llegaba a ser igual a los dioses inmortales. En su éxtasis creía franquear el umbral de la muerte y contemplar cara a cara a los dioses del infierno y del cielo. Es posible que el mystes alcanzara el éxtasis por medio de alguna forma de autosugestión o alucinaciones provocadas por la ingestión de drogas o sustancias alucinógenas, a lo que se añadiría un tipo de escenografía efectista y exótica montada por los sacerdotes ("Iniciación religiosa e interiorización de la dependencia en las Metamorfosis de Apuleyo de Madaura", Studia Historica, 25, 2007, p. 393).

En el libro XI de las Metamorfosis de Apuleyo, dedicado a la preparación de una iniciación isíaca, se mencionan la concentración y la privación sensorial, la música monótona y prolongada, así como danzas y ayuno, cuyo efecto se describe como una especie de desvanecimiento que se tomaba como una visión del dios, pero que no parece responder al trance que proporcionaba una experiencia transformadora tan intensa que era imposible describirla con palabras. También estaban presentes en Eleusis, allí y aquí como medios de programarla y de aumentar su intensidad. Tampoco parece que tengan que ver con otras ceremonias isíacas, que conmemoraban la muerte y resurrección de Osiris por medio de la ingestión de una pócima elaborada con mandrágora que inducía un sueño profundo, similar a la muerte (Koemoth, 1988: 153 ss).

Al igual que en Eleusis, no se trata de un frenesí sagrado, de una posesión divina, sino de un encuentro personal e individual con la divinidad (Witt, 1971: 153). Es un encuentro personal, potenciador de la propia identidad, por lo que “el misterio constituye una comunidad, no ya social, sino espiritual, en la que cada uno participa de buen grado por la virtud de su voluntaria adhesión e independientemente de su estatuto cívico. El misterio no hace sino dirigirse al individuo como tal; le procura un privilegio religioso excepcional, una elección que, arrancándole de la suerte común, supone la seguridad de una suerte mejor en el más allá. Nadie se extrañará, pues, de ver que la comunión con el dios desempeñe un papel central en la economía de los cultos mistéricos” (Vernant, 1983: 321).

Tales tipos de experiencias debían parecerse mucho a la visión de los dioses tal y como fue experimentada por los místicos de la Antigüedad, según recoge Jámblico (Sobre los misterios egipcios, II, 6, 8 y 9):

Además, los dones procedentes de las apariciones ni son todos iguales ni producen los mismos frutos. La presencia de los dioses otorga salud del cuerpo, virtud del alma, pureza de intelecto y ascenso, por decirlo brevemente, de todo lo que hay en nosotros hacia sus propios principios. Elimina el frío y lo destructivo que hay en nosotros, aumenta el calor y lo hace más fuerte y potente, hace que todo sea proporcionado al alma y al intelecto, hace brillar la luz con una inteligible armonía, hace aparecer a los ojos del alma, por medio de los del cuerpo, lo que no es cuerpo como cuerpo”...Además, los dioses hacen brillar una luz tan sutil que los ojos del cuerpo no pueden soportarla, sino que sufren todo lo mismo que los peces a los que se saca de una humedad turbia y densa a un aire sutil y diáfano. En efecto, los hombres que contemplan el fuego divino, al no poder aspirar la sutiliza del fuego divino, desfallecen, en cuanto lo atisban, y ponen impedimento a su pneuma connatural...Finalmente, pues, las disposiciones del alma de los que invocan: en la aparición de los dioses reciben una perfección libre de pasiones y superior, una actividad absolutamente mejor y participan del amor divino y de una alegría infinita...A la vez la aparición de los dioses procura verdad y poder, éxito en las acciones y el don de los bienes más grandes...” (TRAD. E.A. Ramos Jurado).

Los trances inducidos por enteógenos producen una experiencia similar. Tras una sensación de vértigo y sudor frío viene un gratificante calor unido a un profundo y plácido bienestar. Luces brillantes e intensas se manifiestan a la vista y el tiempo y el espacio habituales desaparecen. Visiones paradisiacas pueden alternar con otras menos agradables, que suelen manifestarse en forma de caras “demoniacas” que gesticulan y hacen muecas grotescas, o de animales amenazadores. Pero es la sensación de unión perfecta con el Todo lo que mejor caracteriza al trance. La similitud de ambas experiencias sugiere que el enteógeno no es más que un medio para activar un determinado funcionamiento de la neurofisiología y la química cerebrales, que también se puede conseguir con otras técnicas muy diversas.

Por cierto, que las visiones podían ser, por el contrario, terroríficas para aquellos que habían llegado a los ritos sin la necesaria preparación, como nos revela Pausanias (X, 33, 13-18):

Dista del santuario de Asclepio unos cuarenta estadios el recinto y cueva sagrada de Isis, el más santo de todos los que en Grecia hay dedicados a la diosa Egipcia. Los de Titorea creen que no pueden avecindarse allí ni entrar en la cueva más que los que hayan sido honrados ya por Isis con una invitación en sueños. Lo mismo pasa en las ciudades del Meandro con los dioses subterráneos, que a los que quieren que entren en los antros sagrados les envían visiones en sueños.

En el santuario de Titorea se celebra dos veces al año la fiesta de Isis, una en primavera y otra al fin del otoño. En cada una de ellas los que pueden entrar en el antro tres días antes de esto se purifican de una manera que no es lícito decir, y de las víctimas de la fiesta anterior si encuentran algo, lo llevan a cierto lugar, siempre el mismo, y lo entierran allí. Creemos que este lugar está a dos estadios del antro. Tal es el rito de este día. Al siguiente los mercaderes arman tiendas de cañas y de otros materiales improvisados, y en el último de los tres días se venden esclavos y toda clase de animales y vestidos de oro y plata, y después de mediodía se dirigen al sacrificio...
Dicen que una vez penetró en el antro un profano cuando comenzó la pira a arder, por curiosidad y atrevimiento, y todo lo vio llenó de apariciones. Cuando volvió a Titorea y contó lo que había visto, murió".


En el mito, Horus, forma en la que renace Osiris, aparece asociado a un árbol sagrado que según Los Textos de las Pirámides (436a-b), no era otro que la acacia, del que se decía que contenía la vida y la muerte y que había servido como protección al dios-niño (Buhl, 1947: 86). Resulta que determinadas especies de acacia contienen alcaloides muy activos que producen efectos bastante similares a otros enteógenos, lo que podría resultar esclarecedor si alguna de estas variedades se daba en el antiguo Egipto. A este respecto resultará interesante saber que algunas subespecies que crecen en el deiserto del Sinaí y el Neguev, como son Acacia albida, Acacia lactea y Acacia tortilis contienen DMT, asi como también Acacia seyal y Acacia nilotica que crecen en Egipto.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me encanta lo que escribes. Voy a venir muchas veces a leerte.


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