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Visiones y psicofarmacología en el viaje de Gilgamesh en busca de la Inmortalidad

En Mesopotamia la mayoría de las cosmogonías y de las ideas sobre la creación de la humanidad están contempladas ya en época sumeria en distintos mitos que solo aparecen como relatos articulados en los textos acadios. La mitología era muy rica, como corresponde al fuerte antropomorfismo de la religión. Los temas que tratan estos mitos van desde la Creación y el Diluvio, presentes en el mito de Atrahasis, en el Poema de Gilgamesh, en el Poema babilónico de la Creación o Enuma Elish y en distintas tradiciones sumerias, hasta el descenso a los Infiernos, narrado en el Poema de Gilgamesh y más específicamente en el Descenso de Inanna al Mundo Inferior, pasando por la búsqueda infructuosa de la inmortalidad -tema igualmente de Gilgamesh y del mito de Adapa -, las reyertas entre los dioses, de las que se ocupan el mito de Nergal y Ereshkigala, que reinarán en el inframundo. También el contenido relativo a los ciclos vegetativos y la renovación de la naturaleza está presente en algunos de los más significativos mitos mesopotámicos, encarnado en la figura del dios sufriente y su consorte-hermana la diosa de luto, con su más antigua representación en Dumuzi/Tammuz e Inanna/Ishtar.

Llegada al Paraíso.

El Poema de Gilgamesh recoge varias de las tradiciones más antiguas, que durante generaciones debieron de ser transmitidas por via oral antes de su fijación canónica por escrito. Una de ellas es la búsqueda de Utanapishtim, "el lejano", el único hombre al que los dioses la han concedido el don de la inmortalidad y que habita en los confines del mundo. Nuestro héroe comienza su búsqueda tras la muerte de su compañeo y amigo Enkidu, abatido y obsesionado con la idea de su propia muerte. Para ellos cruzará el vasto desierto infestado de leones hasta alcanzar el monte Mashu, coronado por dos elevadas cumbres gemelas, donde un oscuro y largo desfiladero es el itinerario que el Sol recorre cada día para alumbrar el mundo. Su acceso estaba guardado por los terribles hombres-escorpión, que finalmente le indican el camino. Tras atravesar la oscuridad, Gilgamesh llega al mágico Jardín de los Dioses donde árboles, frutos y flores eran como piedras preciosas. Esta claro que cualquier intento de comprender la naturaleza física de tal Jardín está condenado al fracaso. De echo, el lugar, que en las versiones más antiguas del Poema representa uno de los límites del mundo, como el otro lo representa el Bosque de los Cedros, ya que la incorporación del episodio de Utanapishtin y el Diluvio resulta de un añadido posterior, es el resultado de una experiencia visionaria.

Desgraciadamente en esta parte, el documento original -la tabilla de arcilla- está roto por lo que se ha perdido la mayor parte de su descripción. Resultará curioso saber que esta experiencia de Gilgamesh ha sido catalogada por los expertos en la materia como una «experiencia de muerte cercana» (M. Schroter-Kunhardt, «A review of near death experiences», Journal of Scientific Exploration, Vol. 7, 3, 1993, p. 225) y que las investigaciones sobre este tipo de experiencias las vinculan también con el chamanismo y los estados de trance chamánicos. Puesto que las «experiencias de muerte cercana» y aquellas otras en las que el sujeto se percibe saliendo de su propio cuerpo han sido también experimentadas por personas invidentes, algunos investigadores han sugerido que tal vez se trate de un tipo de estado alterado de la consciencia capaz de provocar una visión sin la necesidad sensorial de los ojos, mientras que también se ha señalado, por otra parte, que la administración de sustancias alucinógenas, como la ketamina, pueden llegar a producir un tipo de experiencias muy similares. En cualquier caso, las experiencias de «muerte cercana» parecen compartir con otras experiencias trascendentales, como los estados de trance chamánicos entre otras, un cierto comportamiento neurofisiológico del cerebro. Incluso se ha sugerido que la glándula pineal pueda producir en determinadas circunstancias una sustancia similar a la dimetiltryptamina y que sea la responsable de producir tales experiencias.

Por los mitos acadios sabemos que los hombres-escorpión son los guardianes del Inframundo y que vigilan las puertas del Sol, una vez que éste, cada noche, atraviesa la tierra de la oscuridad, tal y como hace Gilganesh, para "renacer" al alba del suguiente día. Asi que nuestro héroe recorre el camino que hace el Sol cada noche, precipitándose en la oscuridad del Inframundo para "renacer" en el Jardín de los dioses. Una muerte y un renacimiento simbólicos que nos hacen sospechar en viejas raíces de una ancestral práctica chamánica.

De acuerdo con Lara Peinado ("Poema de Gilgamesh: un viaje fallido a la inmortalidad", Antiqua. Jornadas sobre la Antigüedad, 2009, p. 12): "El poeta se atrevió a describir, si bien parco en palabras, una alucinante escenografía recorrida por Gilgamesh en busca de la inmortalidad, cuyo secreto conocía, sin embargo, uno de sus antepasados. El héroe, hambriento, soportando fríos y calores, vestido con harapos de pieles, cazando fieras, evitando peligros, viajará hacia el oeste en búsqueda de su antepasado, Utanapishtim, atravesando una geografía fantástica a la que todo lo humano le es ajeno. Su odisea terrestre lo lleva hasta el Océano, junto a las Aguas de la Muerte, detrás de las cuales espera hallar la luz que ahuyente de modo definitivo las tinieblas, y sobre todo su angustia, que siente clavada en su estómago. Una mitología de pesadilla reemplaza a toda la realidad conocida."

Tras la oscuridad, un paraíso de vívidos colores. ¿No nos recuerda nada?. Precisamente esta es una de las visiones más frecuentes narradas por aquellos que han experimentado seriamente con los enteógenos. Por otra parte, está la interesante teoría de que las muy similares visiones del Paraíso en muchas de las religiones del planeta, un huerto o espléndido jardín, con un estanque o un río bordeados de flores y árboles enjoyados, proceden, en realidad, de la visión inducida químicamente por una planta mágica o sagrada. De hecho hay toda una multitud de testimonios contemporáneos que lo corroboran. Por ejemplo el de R. Graves (1984: 99 ss) nada sospechoso de veleidades neochamánicas. Y la iconografía conservada de diversas tradiciones culturales aporta el resto. Allí el alma permanece arrobada, extasiada de felicidad y de asombro, como el propio Gilgamesh en el Jardín de los Dioses (IX, 35):


"Y Gilgamesh iba y venía entre estas maravillas...Alzó los ojos..."

Por supuesto, tales visiones pueden ser obtenidas por los místicos sin el empleo de un droga psicoactiva, pero no parece que nuestro protagonísta sea precisamente un asceta. Por otro lado, a fín de no descartar ninguna posibilidad, las privaciones a que se ve sometido en su largo viaje por el desierto y tras cruzar las entrañas de la montaña, han podido desatar en él un estado alterado de conciencia que explique su visión del Paraíso. No obstante, conviene recordar ahora, como muchos investigadores sostienen, tal y como hemos visto en otra parte, que la oscuridad y el empleo de drogas visionarias en determinadas celebraciones rituales podrían ser una explicación a las imágenes entópticas del arte prehístórico. ¿Estaba Gilgamesh en una situación similar?. ¿Ingirió tras sus largas penalidades algún fruto mágico capaz de inducirle la visión?.

Sospecho que el Jardín encantado de las Piedras Preciosas, el Jardín de los Dioses situado bajo la tutela de Siduri-Sabitu, divinidad dispensadora del Vino de la Vida Eterna, podía aludir a varios especímenes semejantes. Al parecer se trata de una antigua divinidad marítima sumeria, que según otra tradición mesopotámica era la protectora del Arbol de la Vida, lo cual sugiere ciertas conotaciones botánicas y farmacológicas bien conocidas. "If Siduri was in one story the goal of the hero's quest of life, she must have been regarded as the goddess or nymph in whose hands lay its disposal, or, to employ the universally known symbolism, as the keeper of the fruit of life and the fountain of life. In the incantatory series, Surpu, II, 172, she is called 'goddess of wisdom, genius of life' (ii Siduri liptur il Istar nimeqi i lamassi baldti), and in a late Assyrian letter (Harper, V, 476, 20) her name occurs between Anunlt, a name of Istar as queen of heaven (consort of Anu), and Mummu, god of wisdom.
... Her intimate association and virtual interchange with serpent deities, her character as goddess of life and wisdom as vine deity and as genius of life, like Esir, all point in that direction. As a virgin nymph she is naturally to be classified with the snake nymphs (ginns) and Naga princesses of the Orient." (W. F. Albrigth, "The Goddess of Life and Wisdom", The American Journal of Semitic Languages and Literatures, 36, 4 (Jul., 1920), pp. 258-294.

El barquero y las Aguas de la Muerte.
Ante la insistencia de Gilgamesh, Siduri-Sabitu le indica el camino, no recorrido por ningún mortal, para llegar hasta Utanapishtim "el lejano". Debe encontrar primero al barquero Urshanabi, que según ella, se encuentra en el bosque (X, 29):


"cortando ramas de cedro de pequeño tamaño"

para que le ayude a atravesar las "Aguas de la Muerte" y poder alcanzar su objetivo.

El propio autor de la traducción del poema (cfr: J. Bottero, La epopeya de Gilgamesh. El gran hombre que no quería morir, Madrid, 1998, p. 201, n. 223) se pregunta sobre el sentido de esta recogida de ramas. La clave está, sin enbargo, en la naturaleza de tal tipo de cedro. Puesto que el viaje de Gilgamesh le lleva a los confines orientales del mundo, podemos descartar el cedro del Líbano. En efecto, este tipo de cedro, cuyo aceite esencial puede resultar neurotóxico en dosis elevadas, se daba sobre todo en los bosques de montaña de Libano, Turquía y Siria, siendo su ambiente óptimo entre los los 1300 y 1800 metros de altitud.

Pero Gilgamesh se encuentra a orillas del mar, por lo que los cedros cuyas pequeñas ramas recoge el barquero han de ser de otro tipo. En este sentido, es necesario señalar que la denominación de "cedro" se aplicaba a una cierta variedad de árboles. Uno de ellos es el denominado en los textos cuneiformes erin-bad, cedro blanco o Junniperus Oxycedrus, tambien conocido como junipero, enebro albar o enebro de la nieve. Se trata de una especie de muy amplia difusión por toda la región mediterránea y a menudo se encuentra en bajas altitudes próximas al nivel del mar. Por el contrario, empieza a escasear a los 1000 metros de altura.

Los aceites esenciales del cedro blanco son muy similares al tanacetol, un potente neurotóxico capaz de producir en el sujeto un estado visionario y alucinatorio. Su uso estaba muy desarrollado en la farmacopea mesopotámica (Contenau, 1938: 12) y formaba parte de los inciensos que inspiraban los oráculos de los sacerdotes baru en Babilonia y de los inciensos utilizados por los cananeos y otros pueblos del Próximo Oriente Antiguo, como ya hemos visto en otro lugar. Es muy probable que el barquero, que debía acompañar a Gilgamesh en su peligroso viaje por las Aguas de la Muerte, se encontrara recogiendo pequeñas ramas de cedro blanco a fin de preparar con ellas una fumigación psicoactiva. Ello se deduce de todo el contexto de la narración, llena de elementos visionarios, como el Jardín de los Dioses o la conversación con la diosa protectora del Arbol de la Vida, y de sus propios acompañantes, unos seres misteriosos similares a estatuas de piedra animadas que debían acompañarles en el viaje y a los que finalmente Gilgamesh destroza.

Utanapishtin y el Diluvio: Incienso y visión de los dioses.
Por cierto que tras recorrer las mortíferas Aguas de la Muerte, que nos recuerdan el "paso estrecho y peligroso" del viaje chamánico al mundo de los espíritus, Gilgamesh escucha de Utanapishtin el relato sobre su inmortalidad. Al haberse salvado del Diluvio gracias al oportuno aviso del dios Ea, se le concedió finalmente, junto con su mujer, ser como dioses, pero vivir alejados, en los confines del mundo. En este punto, es preciso señalar que Utanapishtin es un héroe primordial en un mito relacionado con la Creación de la Humanidad, y que en muchas culturas tales mitos contienen claras alusiones a una planta mágica capaz de proporcionar el conocimiento y la inmortalidad. Tal planta no es otra que el Arbol de la Vida.

Con todo, Utanapishtin parece haber estado al corriente de los conocimientos botánicos y farmacológicos suceptibles de provocar la aparición de los dioses. En su relato a Gilgamesh explica, que una vez terminado el Diluvio y después que el cuervo que había soltado ya no volvió, señal inequívoca de que había encontrado tierra (XI, 155 ss):


"Entonces, lo dispersé todo a los cuatro vientos.
e hice un banquete para los dioses,
poniendo los manjares
en la cima de la montaña.
Coloqué a cada lado
siete vasos rituales,
y más atrás en el quema-perfumes
cimbo(pogon), cedro y mirto".
(TRAD. J. Botteró)

Como vemos, el cedro forma parte del incienso y también la planta que el traductor del texto da como"cimbopogon" (otras traducciones emplean el término "caña"), al parecer denominación erudita de una planta que podría ser cálamo o caña aromática (acorus calamus), cuya raíz contiene asarona, un éter fenólico cristalino, que se encuentra en aceites esenciales de plantas como la artemisa vulgar y que a dosis elevadas produce alucinaciones. Tras esto, no es raro que Utanapishtim tuviera una visión del propio dios Enlil subiendo a su barco para concderle la inmortalidad. Según J. Botteró (op. cit., p. 228, n. 278) estos versos parecen proceder de algún ritual o inspirarse en él. De ser cierto, estaríamos ante uno de los testimonios de la existencia de antiguos rituales sumerios en los que se empleaban plantas de efectos psicoactivos.

La Planta de la Juventud.
Tras su relato, Utanapishtim somete a Gilgamesh a una prueba que consiste en permanecer despierto seis días y siete noches noches, justo lo que había durado el Diluvio, lo que sugiere ciertas connotaciones iniciáticas. La falta prolongada de sueño puede llegar a alterar el funcionamiento fisioquímico del cerebro produciendo estados alterados de conciencia y cierto tipo de visiones. No obstante, nuestro héroe fracasa al quedarse dormido al poco tiempo. En realidad cae en un sueño profundo que dura siete días. Tras este fracaso, Gilgamesh se dispone a iniciar el camino de regreso, cuando Utanapishtim le hace partícipe de un secreto de los dioses (XI, 268 ss) :


"Se trata de una planta
con la raíz semejante a la del falso jázmín
y cuyas espinas
son como las de la zarza,
listas para pincharte las manos.
Si consigues hacerte con ella
habrás encontrado la vida prolongada". (TRAD. J. Botteró)


En cualquier caso no hay acuerdo sobre la identificación botánica de esta planta, capaz de rejuvenecer pero no de conceder la inmortalidad. No se trata, por tanto de un enteógeno, pero debía poseer virtudes vigorizantes. Se ha pensado que podía ser algua especie de lycium, plantas de la familia de las solanáceas de las que solo en Eurasia se dan unas diez especies, bien conocidas por la herbalística y la medicina antigua, según los testimonios de Plinio o Dioscórides. Para encontrar esta planta, que no hay que confundir con el Arbol de la Vida del Jardín de los Dioses, Gilgamesh ha de descender al abismal fondo del Abzu, el Mar Primordial situado debajo del mundo, según las concepciónes cosmológicas mesopotámicas. Un viaje de tipo chamánico en busca de una planta mágica que puede devolver la juventud y prolongar la vida.

No obstante, tras haberla conseguido, mientras estaba tomando un descanso y dándose un baño en una poza de agua fresca, una serpiente, atraída por el olor de la planta, se la arrebató y a continuación mudó la piel, lo que en la Antigüedad se tenía por símbolo de rejuvenecimiento. Así que Gilgamesh ha de volver a Uruk sin ella.

De toda esta parte del poema, llaman la atención una cosa. Habiendo visto el Paraíso, Gilgamesh no fue capaz de identificar el Arbol de la Vida, y su protectora, la diosa Siduri-Sabitu, no le proporciona ninguna indicación al respecto. Tampoco lo hace Utanapishtim, que no menciona siquiera de que manera los dioses le convietieron en inmortal, aunque en otro mito mesopotámico, el de Adapa, el protagonista, tras haber ascendido al Cielo, rehusa a la inmortalidad, engañado por el dios Ea, al no querer comer "el Pan de la Vida" ni beber "el Agua de la Vida" (ANET, 101-103). Al parecer, este alimento de la vida y el agua de la vida tenían propiedades mágicas y no era necesario ingerirlos para que surtieran efecto, pero estaban, en principio, reservados a los dioses. Tal es la forma en la que Innana logra salir del Mundo Inferior: debe ser rociada con alimento de la vida y bebida de la vida, y así volverá a vivir. ¿Era el primitivo enteógeno mesopotámico algún tipo de solanácea piscoactiva?. El cualquier caso, todo parece indicar que la elite religiosa había preservado para si, en el momento de la redación del poema, sino antes, el conocimiento y el uso de los enteógenos, modificando la tradición oral originaria.

4 comentarios:

Alejandro Vazquez dijo...

Carlos, Saludos,
Me parecieron muy interesantes y valiosos estos temas de estudio.
Estaré visitando este sitio continuamente.
Gracias

Carlos G. Wagner dijo...

Saludos, Alejandro y ¡bienvenido!

Symposion dijo...

Estupenda entrada Carlos.

Sobre todo para mi, con el vicio que estoy desde hace tiempo cogiéndole a los inciensos de calidad... y los que uso están hechos con aceites esenciales y esencias absolutas... pena que no hay de cedro blanco, en la lista que tengo.

Así que al matar el olfato, no sólo hemos acabado con nuestra sexualidad, como decía Freud... también con un vehículo de embriaguez.

Pocas cosas que aún existan hoy día, como el olor del cuerpo de tu pareja tras hacer el amor.

Carlos G. Wagner dijo...

Gracias Symposion.
Lo cierto es que vivimos rodeados de estímulos artificiales cuando los más potentes están en nuestro interior.


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