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El Estado y el control de las experiencias extáticas

La religión de la ciudad no es la religión de la aldea. La capacidad de las élites de una sociedad aldeana para monopolizar los trances y experiencias extáticas pasa por su capacidad para monopolizar determinados rituales. Lo cual puede producirse si se trata de cultos comunitarios, pero es más difícil de lograr cuando se trata de cultos o rituales de tipo familiar o individual. Con la aparición del Estado y de las religiones vinculadas a éste, las cosas van a cambiar de forma significativa. A partir de entonces se van a acentuar las tendencias a ejercer un control sobre los estados alternos de la conciencia, como forma de control del pensamiento y de las experiencias místico-religiosas.

Las burocracias y corporaciones sacerdotales ejercen un monopolio sobre la mística, de una manera análoga al que se ejerce sobre la celebración de los ritos. Por supuesto, ello implica el control sobre las sustancias y brebajes capaces de producir tales efectos. Se ha documentado con claridad como la consolidación de las élites en los estados emergentes de las antiguas civilizaciones produjo, junto con la centralización de las prácticas religiosas, un monopolio en el consumo de determinadas bebidas alcohólicas que, como el vino, a partir de entonces se convierten en un sigo de rango, utilizándose también como elementos de competición y de identificación (Joffe, 1998). Otro tanto cabría sospechar, aunque con un uso mucho más restringido, respecto de los enteógenos.

Tal es lo que parece desprenderse de la lectura del Rig Veda en el que la experiencia del Soma queda restringida a la élite y administrada por los brahmanes. Otro tanto parece haber sucedido en Grecia y otros lugares de Europa con el tabú sobre los hongos enteógenos, que a la larga convirtió a sus poblaciones en micófobas. En Oriente y en Egipto, las experiencias místico-extáticas quedaron bajo el control de un estrecho círculo de especialistas y se consideraba a los extáticos que actuaban al margen de las estructuras eclesiásticas como brujos y “magos” con un marcado carácter antisocial, lo que se debe al hecho de que el trance extático se ha considerado siempre como una manifestación de posesión sobrenatural y divina o como un medio de comunicación con los dioses, que atentaba ahora contra el monopolio de las jerarquías sacerdotales profesionales y hereditarias.

Las experiencias místicas monopolizados por las estructuras eclesiásticas son dirigidas y conformadas de acuerdo a unos objetivos ideológicos que sancionan el predominio de la élite político-religiosa, enmarcándose en un contexto en el que, en último término, las fuerzas sobrenaturales que emanan de las potencias divinas se las concibe como las responsables y garantes del orden establecido sobre la tierra, que se pretende inmutable, y cuya voluntad y designios se expresan exclusivamente por medio de sus “servidores” en este mundo, que no son otros que los miembros de las jerarquías sacerdotales o individuos muy vinculados ideológicamente a ellas. No en vano unos y otros suelen pertenecer casi siempre a las mismas élites que, por medio de la construcción de templos, altares, estatuas y otros monumentos religiosos, pretenden convencer al resto de la sociedad de que trabajan para tratar de controlar en beneficio de todos las fuerzas naturales y sobrenaturales, de las que dependen en último grado el bienestar humano.

En general, cuanto más centralizado se encuentre el sistema sociopolítico, más lo estará también la jerarquía eclesiástica y más estrecho será el control que se ejerza sobre los estados de conciencia de los individuos y sus manifestaciones alternas. Por supuesto, la ideología de la élite juega un papel predominante y no es ajeno a ello el hecho de que, allí donde el Estado consagra una sociedad de clases, los dioses tienen casi siempre un particular interés en castigar las conductas y pensamientos moralmente depravados o éticamente subversivos (Swanson, 1960: 160 ss). Tal vez por todo ello no haya existido nunca un auténtico profetismo extático en el antiguo Egipto, sino una especie de pseudoprofetismo de carácter sapiencial, una especie de vaticinium ex eventu. Quizá la misma razón explique por qué en Mesopotamia el profetismo extático tuvo una existencia institucional en la que el majju no era sino una especie de funcionario en un organismo en el que el jefe supremo eral el rey (Contenau, 1940: 361). Por idénticos motivos, los extáticos de la Grecia arcaica gozaban de una mayor autonomía; sibilas y baquiadas eran profetas que no se hallaban al margen de un culto ordenado a los dioses, aunque tampoco estaban sujetos a ningún templo determinado (Rohde, 1973: 349).

Por otra parte, frecuentemente la contestación socio-política o socio-económica de minorías o clases marginadas u oprimidas ha adquirido un sentido religioso en el que creencias y ritos pueden reivindicar un cambio en la situación de las condiciones prácticas y en el que las manifestaciones extáticas suelen tener una gran importancia, precisamente porque rompen el monopolio de las jerarquías sacerdotales del grupo marginador u opresor, lo que se convierte en un medio de sancionar ideológicamente las propias reivindicaciones y la lucha que se lleva a cabo en su nombre. El sentido religioso de estos movimientos es sumamente importante. C. Herrmann (Le rôle judiciaire et politique des femmes sous la République romaine, Bruxelles, 1964: 71) lo ha destacado como un instrumento revolucionario en relación a las Bacanales romanas, pero en la Antigüedad se conocen algunos otros ejemplos. Entre ellos, la oposición socio-política de los profetas frente a la monarquía sincretista hebrea o la reforma de Zoroastro, en tanto que los manifiestos del profeta contenidos en los Gathas expresan un conflicto entre pastores y guerreros. Este último caso es particularmente importante por la clara personalidad de extático de su protagonista, relacionado con el enteógeno Haoma, al que privó de elementos orgiásticos fomentándolo en su forma más pura, lo que le permitió llegar a convertirse en el núcleo central del culto zoroástrico (Duchesne Guillemin, 1973: 327).


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